
Estoy aquí, en medio de la sala, con la música latiendo en mis venas mientras muevo las caderas despacio, provocadora. Siento cómo mi short de camuflaje se ajusta a mi culo y mi top negro apenas cubre lo justo. Sé que me estás mirando, mi amor… o mejor dicho, mi cornudito. Sonrío a la cámara, flexiono los brazos, me acaricio el pelo largo y dejo que mis dedos bajen hasta el borde del short, tirando de él un poquito, solo para que veas lo que nunca más vas a tener.
Porque en mi cabeza no estás tú. En mi cabeza está él.
Mi crush. Ese cuerpo negro, brillante de aceite y sol, sentado al borde de la piscina como un dios. Esos músculos duros, esos abdominales marcados, y esa polla gruesa, pesada, que cuelga entre sus piernas y se mueve cuando él la agarra con confianza. Cada vez que parpadeo lo veo: mojado, potente, mirándome como si ya supiera que soy suya. Siento un calor húmedo entre las piernas solo de pensarlo. En mis noches más secretas me he tocado imaginando exactamente eso… imaginando cómo me abriría, cómo me llenaría, cómo me haría gritar su nombre mientras tú esperas en casa como el bueno de siempre.
Muevo la mano en un gesto de “ok”, pero en realidad le estoy diciendo a él: “Ven por mí”.
Me muerdo el labio y giro la cintura, dejando que mi pelo caiga sobre mis hombros. Sé que esto te duele… y me encanta. Porque ya no hay vuelta atrás.
Se acabó para ti. Yo ya elegí. Y mi cuerpo entero lo está celebrando.
