Lo conocí en el bar, un par de tragos y ya me tenía empapada solo con sus palabras sucias al oído. Me llevó a su habitación, me tiró en la cama y me abrió las piernas sin piedad. Su verga gruesa, venosa, negra y brillante entró despacio… pero una vez adentro, me partió en dos. Gemí como una zorra mientras él me follaba profundo, sujetándome los tobillos con una mano y grabando con la otra cómo me corría una y otra vez.

Después me puso a cabalgarlo al revés… mi culito en pompa, mi tatuaje de reina de picas brillando de sudor y crema. Sus manos fuertes clavadas en mis caderas, guiándome para que me empalara hasta el fondo, sintiendo cómo me llenaba entera, cómo mis jugos le chorreaban por los huevos.

Al menos esta vez no fue en nuestra cama, papi… ¿eso no cuenta como traición, verdad? O tal vez sí… y por eso me mojé todavía más.