
Mi esposa me dijo que necesitaba relajarse, que el estrés del trabajo la tenía tensa. Reservó un spa de lujo y me besó en la mejilla antes de irse, vestida con ese conjunto de lencería negra debajo de la ropa cómoda.
Dos horas después recibí un mensaje suyo: “El masajista es muy profesional… demasiado”
Lo que no me dijo fue que, después de diez minutos de masaje en la espalda con aceite caliente, sus manos bajaron más de lo debido. Le separó las piernas despacio sobre la camilla, y cuando ella soltó un gemido, él ya tenía dos dedos bien adentro de su coño empapado.
“Shhh… relájate, mamacita”, le susurró mientras le quitaba la toalla. Su verga gruesa y venosa rozó su entrada, y mi esposa, en vez de detenerlo, levantó las caderas pidiendo más.
La folló lento al principio, profundo, haciendo que el aceite y sus jugos chorrearan por la camilla. Después la puso a cuatro patas y la embistió con fuerza, agarrándola del pelo mientras ella gemía como una puta en celo. Se corrió dos veces antes de que él le llenara el coño con un chorro caliente y espeso.
Cuando volvió a casa, traía esa sonrisa culpable y las piernas todavía temblando. Me besó y me dijo al oído:
—Papi… el masaje fue “completo”. ¿Quieres sentir cómo me dejó?
