
Carlos estaba sentado en la silla del rincón, el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Tenía las manos atadas al respaldo con una corbata, tal como ella le había pedido.
Laura, su esposa de solo 26 años, estaba de rodillas sobre la cama con el vestido subido hasta la cintura. El “macho” que habían conocido esa misma noche —alto, tatuado y con una confianza que Carlos nunca tuvo— la sujetaba por las caderas y la penetraba con fuerza, lento pero profundo.
Cada embestida arrancaba un gemido más fuerte de la boca de Laura. Gemidos que Carlos jamás había escuchado de ella en tres años de matrimonio.
— ¿Estás mirando, amor? —jadeó ella, girando la cabeza hacia él con los ojos vidriosos de placer—. Mira cómo me folla… esto es lo que querías, ¿verdad?
Carlos solo pudo asentir, con la boca seca y la polla dolorosamente dura dentro de los pantalones.
El desconocido sonrió con arrogancia, aceleró el ritmo y agarró el pelo de Laura, tirando de ella hacia atrás mientras la hacía gritar.
—Dile que es más grande que tú —gruñó el hombre.
Laura, entre gemidos entrecortados, miró a su marido con una mezcla de lujuria y ternura:
—Es… mucho más grande, cariño… y me está follando como tú nunca pudiste…
Carlos se corrió sin tocarse, solo mirando cómo su mujercita se entregaba por completo por primera vez.
Y mientras el desconocido llenaba a Laura con un gruñido animal, ella susurró mirando a los ojos de su esposo:
—Bienvenido al cuckolding, mi amor.
